Entre frases y un café, en un recorrido en bus o en carro, entre mis pasos y los de quien me acompañe, he encontrado que conversar me ayuda a crecer. Conversar es una palabra que siempre me ha gustado. Conversar viene del latín conversari que significa algo así como “dar vueltas en compañía” o “cambiar juntos”. Lo lindo de tener con quien conversar es que me ayuda a encontrar nuevos caminos y a entender más de mí a través del otro, lo que muchas.
“En un auténtico diálogo, los dos lados están dispuestos a cambiar.” Thich Nhat Hanh
Hace unos días una persona cercana se acercó y me dijo: “Dios quiere que sepas que necesita que le sigas ayudando a salvar vidas”. Al escuchar estas palabras solamente pude emocionarme y entender que estoy en el camino correcto. Generalmente cuando pienso en “salvar vidas” pienso en aquellas personas que trabajan en organismos de rescate como la Cruz Roja, la Defensa Civil, la policía o el cuerpo de bomberos. No lo había pensado antes, pero no solamente ellos salvan vidas y salvar vidas no solamente es rescatar personas. Salvar vidas, puede ser el caso de muchos de nosotros.
En mi trabajo es sentarse a conversar con personas que no encuentran quién los escuche de la forma en que ellos lo necesitan. Pero no es algo que haga solamente escuchando, también lo hago hablando y cuando es mi turno de hablar hablo desde mi experiencia, adquirida en esta maravillosa escuela de la vida, y los ayudo a ver que todo lo que ocurre viene con una lección. No sé si doy la respuesta como tal, porque siento que cada uno de nosotros es capaz de encontrarla, sino que proveo mi opinión de lo que para mí es o son las alternativas a lo que me presentan.
He encontrado, en los últimos meses, cuando me siento a conversar con alguien, que ya no lo hago con la intención de imponer mi parecer, sino de compartir experiencias con el fin de ilustrarle una experiencia a mi interlocutor, y que este busque dentro de sí la respuesta que tanto necesita. Conversar es tan útil que algunas veces, cuando estoy teniendo un diálogo abierto y franco con mi contraparte, soy yo quien termina siendo quien se ayuda a sí mismo o quien termina siendo ayudado. De ahí que conversar, como el ejercicio de diálogo activo en donde quiero aprender algo del otro, me sirve para crecer.
La semana pasada fui con mi novia a un restaurante a tomar café, comer algo y dejar que el tiempo hiciera algo lindo de nosotros. Empezamos a conversar y encontré algo que me ha venido dando vueltas desde tiempo atrás y que por fin pude identificar. Cuando algo se me facilita no me tomo el tiempo de explicarlo con calma porque tiendo a pensar que como para mí fue fácil, para los demás también lo debe ser. Me he pasado los días buscando este detalle de mí. Era algo que me tenía enredado desde hace tiempo y por fin en un restaurante, en las onces de un martes cualquiera, apareció.
Cuando lo pude identificar entendí que por más de que para mí algo sea fácil quizá para otros no lo es y mi tarea no es decir “es fácil, yo lo puedo hacer” sino “es fácil, ven te enseño a hacerlo”. Fue un momento épico, de iluminación pura y me ayudó a entender el poder que tiene conversar activa y francamente con alguien.
Cuando lo hacemos así, ocurre algo maravilloso y es que nuestra consciencia se eleva gracias a la consciencia del otro. El conversar así nos ayuda a cambiar, nos transforma, nos vuelve más flexibles y esa flexibilidad es la cuna del cambio, el punto de partida de un nuevo yo que busca ser más amplio y quizás más compasivo.
Esto es lo que les quiero compartir hoy. Esta es mi reflexión y por eso la frase que cité al inicio. Dialogar es una figura que nos lleva al cambio. Luego de haber tenido esa conversación he decidido hacer algunas cosas de una manera diferente. Ser más compasivo con el otro y en lugar de “dármelas” porque algo sea fácil, enseñarle a los que me necesitan el camino para llegar a que eso que les parece difícil, sea fácil.
También queda la reflexión de que en esto de “salvar vidas” a veces el rescatado es uno y se debe, según mi experiencia, a que al conversar desde una posición reflexiva se amplía el horizonte y se abandonan posiciones cómodas para aceptar las nuevas que nos llevan a crecer gracias a que, como lo habría dicho Newton a Hooke, “estoy sentado sobre los hombros de gigantes”. |